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jueves, marzo 31, 2016
domingo, agosto 05, 2012
Doña Rosario vive en el recuerdo igual que sus hijos
El 5 de agosto de1977, hace hoy 35 años, casi acabado de cumplir los 78 años de edad, Doña Rosario García cerró sus ojos para siempre y se fue a descansar eternamente junto a su esposo Agustín País y sus dos hijos, Frank y Josué, en una tumba que permanentemente está llena de flores, escoltada por la Bandera de la Patria y por la del Movimiento 26 de Julio, como testimonio cierto de que "morir por la patria es vivir".
Doña Rosario García, la madre de los hermanos País, era de origen español pero ello no le impidió amar a Cuba e inculcar en sus tres hijos: Frank, Agustín y Josué, el más puro de los sentimientos, la libertad de su patria, además de enseñarles a ser disciplinados, responsables, leales, dignos y valientes, entre otras virtudes, a pesar de ser una familia humilde.
Por eso no era de extrañar para Doña Rosario que sus tres hijos y sobre todo Frank, estuviera entre los jóvenes que a partir del golpe de estado de Fulgencio Batista, en marzo de 1952, se le opusieran y se incorporaran de diversas formas a la lucha contra el régimen dictatorial.
Calladamente, doliéndole en lo más profundo del alma, Doña Rosario se percataba del peligro que corrían sus muchachos, pero a ninguno trató de desalentarlo y cuando más, los exhortaba a cuidarse mucho y no arriesgar la vida inútilmente.
En 1957, con solo un mes de diferencia la muerte le arrebató a dos de sus más preciados tesoros: Josué País que con 17 años cayó combatiendo el 30 de junio y Frank País, asesinado en una calle santiaguera el 30 de julio, cuando estaba todavía por cumplir los 23 años de edad.
Ella misma se puso al frente de arrebatarle a la dictadura los cadáveres de sus hijos y los llevó a reposar. Tan solo eso, porque como muertos, siguieron viviendo y luchando hasta la victoria final acompañados de su gloriosa madre.
Y desde el primero de enero de 1959, Doña Rosario vio renacer a sus hijos Frank y Josué, en los niños, en los adolescentes, en los jóvenes y en los millones de corazones que desde entonces la acompañaron, no con dolor y pesar, sino con la alegría infinita de contemplar día a día la obra de Josué y de Frank en la Patria nueva forjada por la Revolución, por la cual ofrendaron sus vidas aún en flor.
Doña Rosario García, la madre de los hermanos País, era de origen español pero ello no le impidió amar a Cuba e inculcar en sus tres hijos: Frank, Agustín y Josué, el más puro de los sentimientos, la libertad de su patria, además de enseñarles a ser disciplinados, responsables, leales, dignos y valientes, entre otras virtudes, a pesar de ser una familia humilde.
Por eso no era de extrañar para Doña Rosario que sus tres hijos y sobre todo Frank, estuviera entre los jóvenes que a partir del golpe de estado de Fulgencio Batista, en marzo de 1952, se le opusieran y se incorporaran de diversas formas a la lucha contra el régimen dictatorial.
Calladamente, doliéndole en lo más profundo del alma, Doña Rosario se percataba del peligro que corrían sus muchachos, pero a ninguno trató de desalentarlo y cuando más, los exhortaba a cuidarse mucho y no arriesgar la vida inútilmente.
En 1957, con solo un mes de diferencia la muerte le arrebató a dos de sus más preciados tesoros: Josué País que con 17 años cayó combatiendo el 30 de junio y Frank País, asesinado en una calle santiaguera el 30 de julio, cuando estaba todavía por cumplir los 23 años de edad.
Ella misma se puso al frente de arrebatarle a la dictadura los cadáveres de sus hijos y los llevó a reposar. Tan solo eso, porque como muertos, siguieron viviendo y luchando hasta la victoria final acompañados de su gloriosa madre.
Y desde el primero de enero de 1959, Doña Rosario vio renacer a sus hijos Frank y Josué, en los niños, en los adolescentes, en los jóvenes y en los millones de corazones que desde entonces la acompañaron, no con dolor y pesar, sino con la alegría infinita de contemplar día a día la obra de Josué y de Frank en la Patria nueva forjada por la Revolución, por la cual ofrendaron sus vidas aún en flor.
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sábado, mayo 19, 2012
José Martí vive en cada cubano
No hay hombres inmortales y una bala puede acabar con una vida en un
instante, pero lo que no podrán todos los arsenales del mundo es matar
las ideas de aquellos que han sembrado en el corazón de sus pueblos el
amor a la libertad y la justicia a las que tienen derecho todos los que
nacen y viven sobre la tierra.
José Martí es uno de esos hombres inmortales por sus ideas porque a él debemos los cubanos el haber aprendido que el hombre que se conforma con obedecer leyes injustas, no es un hombre honrado y el que tenga patria la honre, y el que no, que la conquiste.
No se conformaba Martí sólo con la prédica, pues no creía justo y honesto mandar a otros a morir por la libertad si nunca se había estado al frente de la caballería y sentir el olor a pólvora penetrar por la nariz. “Yo evoqué la guerra –decía-, y mi responsabilidad comienza con ella (…) Mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador. Morir callado. Para mí ya es hora”
Y esa hora la llegó, el 19 de mayo de 1895 en Dos Ríos. A pesar de habérsele ordenado permanecer en el campamento, él no vaciló marchar también hacia el combate, sin importarle el peligro, ni lo que representaba su muerte para la Revolución.
Horas antes de caer había sentenciado: “Se desaparecer, pero no desaparecerá mi ejemplo”. De cara al sol se levantó entonces para siempre.
117 años después y como cada 19 de mayo el pueblo va hasta su tumba para ponerle encima un ramo de flores y jurar ante la bandera que la cubre, que la libertad y la independencia con las que él soñara y que nos enseñó a conquistar, son hoy realidades de la Patria donde él siempre está presente, no en el mármol lúgubre y frío de una estatua, sino en el quehacer diario explosivo y de fuego de su Revolución que como un volcán esparce las cenizas de su ejemplo por todo el mundo.
Honrar Honra.
José Martí es uno de esos hombres inmortales por sus ideas porque a él debemos los cubanos el haber aprendido que el hombre que se conforma con obedecer leyes injustas, no es un hombre honrado y el que tenga patria la honre, y el que no, que la conquiste.
No se conformaba Martí sólo con la prédica, pues no creía justo y honesto mandar a otros a morir por la libertad si nunca se había estado al frente de la caballería y sentir el olor a pólvora penetrar por la nariz. “Yo evoqué la guerra –decía-, y mi responsabilidad comienza con ella (…) Mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador. Morir callado. Para mí ya es hora”
Y esa hora la llegó, el 19 de mayo de 1895 en Dos Ríos. A pesar de habérsele ordenado permanecer en el campamento, él no vaciló marchar también hacia el combate, sin importarle el peligro, ni lo que representaba su muerte para la Revolución.
Horas antes de caer había sentenciado: “Se desaparecer, pero no desaparecerá mi ejemplo”. De cara al sol se levantó entonces para siempre.
117 años después y como cada 19 de mayo el pueblo va hasta su tumba para ponerle encima un ramo de flores y jurar ante la bandera que la cubre, que la libertad y la independencia con las que él soñara y que nos enseñó a conquistar, son hoy realidades de la Patria donde él siempre está presente, no en el mármol lúgubre y frío de una estatua, sino en el quehacer diario explosivo y de fuego de su Revolución que como un volcán esparce las cenizas de su ejemplo por todo el mundo.
Honrar Honra.
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