La vida es paradójica. Hay hombres que viven muchos años y no dejan su huella en la memoria. Hay otros cuya existencia es fugaz, pero marcan el tiempo que les tocó vivir y, lo más importante aún, el tiempo por venir.
Uno de esos hombres lo fue Rubén Martínez Villena, que apenas le bastaron 35 años para dejar su impronta en la historia y en la cultura cubana, porque su acción y sus versos fueron una ejemplar lección de entrega para, como el mismo dijera, "acabar la obra de las revoluciones, para vengar los muertos que padecen de ultraje, (…) para que la Republica se mantenga de sí, para cumplir el sueño de mármol de Martí…"
La biografía política de Villena confirma su temprano y definitivo compromiso con la causa de la justicia y la razón. Su nombre aparece al frente de la Protesta de los Trece, organizador de la Falange de Acción Cubana, dirigente de la huelga de marzo de 1930, miembro de la Liga Antiimperialista de Cuba, militante del Partido Comunista desde 1927 y miembro de su comité central, junto con Mella. En 1927 se le descubre a Villena la enfermedad que después le causaría la muerte.
En 1930 viaja a la Unión Soviética para someterse a un tratamiento, pero ante los acontecimientos que se venían sucediendo en la patria, regresa a Cuba para ponerse al frente del Movimiento Obrero y la Huelga General que en agosto de 1933 derrocó al tirano Gerardo Machado.
Los últimos días de su existencia los pasa Rubén Martínez Villena en el sanatorio La Esperanza, de La Habana. Allí el 16 de enero de 1934 se apagó su vida breve, aunque intensa, dejándonos para siempre su ejemplo de consagración a una causa, su voluntad tenaz al servicio de un ideal y su abnegación en más de una batalla por conquistar el futuro.
81 años después de su desaparición física, a Rubén Martínez Villena se le recuerda por todo lo que fue en su vida excepcional y que podríamos resumir con dos palabras: VOLCAN Y AURORA.
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viernes, enero 16, 2015
miércoles, diciembre 19, 2012
Huracán de vida, así le llamaron
Al soldado desconocido cubano, caído en la lucha antifascista en España, el poeta Miguel Hernández dedicó estos versos:
"Nunca se pondrá el sol sobre tu frente,
heredará tu altura la montaña
y tu valor el toro del bramido.
De una forma vestida de preclara,
has perdido las plumas y los besos,
con el sol español puesto en la cara
y el de Cuba en los huesos"
Y esos versos puede haberlos inspirado ese cubano que un día marchó a tierras españolas cumpliendo un sagrado deber internacionalista y que el 19 de diciembre de 1936 fue encontrado muerto en un barranco del cerro madrileño de Majadahonda, con un balazo en el pecho que le atravesó el corazón.
Ese soldado desconocido cubano tenía su nombre y apellidos: Pablo de la Torriente Brau, quien habiendo nacido en Puerto Rico el 12 de diciembre de 1901, pasó su niñez y adolescencia en Santiago de Cuba, de donde le vino tempranamente la rebeldía.
Por eso y a pesar de sus extraordinarias condiciones como periodista y escritor, no vaciló en incorporarse a la lucha contra el régimen tirano de Gerardo Machado, por lo cual fue a presidio en Isla de Pinos, lo que le permitió narrar en algunas de sus obras la terrible odisea de los que de una u otra forma eran enviados a ese llamado "Presidio Modelo"
Como periodista y escritor dejó numerosas crónicas, relatos y cuentos que todavía son reflejo exacto de la Cuba del General Machado y también de la primera dictadura del General Batista.
Refiriéndose a sus condiciones como intelectual y revolucionario, su amigo Raúl Roa lo llamó "un huracán de vida" y dijo que era, "el mejor talento frustrado de la Generación del Treinta"
Obligado a marchar a un amargo exilio, en Estados Unidos, Pablo de la Torriente Brau viajó a España en 1936 como corresponsal de la Revista "New Messer" y del periódico mejicano "El Machete", funciones que cumplió pero también la de su deber como voluntario antifascista.
Al encontrar la muerte en el cerro madrileño de Majadahonda el 19 de diciembre de 1976, Pablo de la Torriente Brau recién había cumplido los 35 años de edad. Setenta años después es justo que le recordemos con el epitafio que entonces le dedicó el poeta español, Miguel Hernández: "No temáis que se extinga su sangre sin objeto, porque este es de los muertos que crecen y se agrandan aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto".
"Nunca se pondrá el sol sobre tu frente,
heredará tu altura la montaña
y tu valor el toro del bramido.
De una forma vestida de preclara,
has perdido las plumas y los besos,
con el sol español puesto en la cara
y el de Cuba en los huesos"
Y esos versos puede haberlos inspirado ese cubano que un día marchó a tierras españolas cumpliendo un sagrado deber internacionalista y que el 19 de diciembre de 1936 fue encontrado muerto en un barranco del cerro madrileño de Majadahonda, con un balazo en el pecho que le atravesó el corazón.
Ese soldado desconocido cubano tenía su nombre y apellidos: Pablo de la Torriente Brau, quien habiendo nacido en Puerto Rico el 12 de diciembre de 1901, pasó su niñez y adolescencia en Santiago de Cuba, de donde le vino tempranamente la rebeldía.
Por eso y a pesar de sus extraordinarias condiciones como periodista y escritor, no vaciló en incorporarse a la lucha contra el régimen tirano de Gerardo Machado, por lo cual fue a presidio en Isla de Pinos, lo que le permitió narrar en algunas de sus obras la terrible odisea de los que de una u otra forma eran enviados a ese llamado "Presidio Modelo"
Como periodista y escritor dejó numerosas crónicas, relatos y cuentos que todavía son reflejo exacto de la Cuba del General Machado y también de la primera dictadura del General Batista.
Refiriéndose a sus condiciones como intelectual y revolucionario, su amigo Raúl Roa lo llamó "un huracán de vida" y dijo que era, "el mejor talento frustrado de la Generación del Treinta"
Obligado a marchar a un amargo exilio, en Estados Unidos, Pablo de la Torriente Brau viajó a España en 1936 como corresponsal de la Revista "New Messer" y del periódico mejicano "El Machete", funciones que cumplió pero también la de su deber como voluntario antifascista.
Al encontrar la muerte en el cerro madrileño de Majadahonda el 19 de diciembre de 1976, Pablo de la Torriente Brau recién había cumplido los 35 años de edad. Setenta años después es justo que le recordemos con el epitafio que entonces le dedicó el poeta español, Miguel Hernández: "No temáis que se extinga su sangre sin objeto, porque este es de los muertos que crecen y se agrandan aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto".
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